La Loren
La Loren tenía un conejo
chiquitito y juguetón,
que a los diecinueve años
a su novio se lo dio.
El novio que era hortelano
y plantaba muchas coles,
guardaba los tronchos gordos
p'ol conejo de la Loren.
La confesión de la pastora
Acúsome, padre cura,
de un pecado deshonesto
que cometí la otra tarde
del otro lado del cerro.
Era la hora de siesta
y en la linde del sendero,
soñaba cosas muy dulces,
cual dulce placer era un sueño.
-¿Y qué soñabas, hijita?
Quizá el diablo puñetero
en tu cabeza virginal
te filtrara algún veneno.
-Pues verá, padre, yo soñaba
que mi novio Celedonio,
cual hombre mataperros,
sacó una cosa mu grande,
que yo no sé si era de carne
o era de hueso,
que /' agarré y me quemaba,
como si fuera de fuego.
Después de llevar un rato
en aquellos movimientos,
me entró un gusto tan grande,
que por poco más me muero.
-Calla, procoputa,
que lo que estás recibiendo
es un polvo soberano
que echastes con tu novio Celedonio
del otro lado del cerro.
Ay muyer, muyer
-Ay muyer, muyer,
voy comprarte una gaita.
-No mariu, no,
que con la tuya me basta.
-Y ay muyer, muyer,
voy comprarte unes modreñes.
-No maridu, no,
que yo no sé andar en elles.
-Ay muyer, muyer,
voy comprarte unes madreñes
de tacón pa que levantes,
para que puedas subir
a los brazos de tu amante.
Que cómo te camelaba,
que cómo te camelé,
entraba a la media noche,
y salía al amanecer.
De la mi cama
a la cama del cura
no hay tarabica
ni tranca ninguna,
que si la hubiera,
yo la quitara,
para que el cura
de noche pasara.
