Estando Antonia una tarde
en un santo pensamiento,
rezando el santo Rosario
como acostumbra a hacerlo;
llamaría a la su puerta
un peregrino romero:
– Ábreme la puerta, Antonia,
por Dios o por el dinero.
– No está mi marido en casa,
no sé qué dirá “en viniendo”;
pase, pase, el peregrino,
pase, pase para dentro;
mientras mi marido viene
haré cena y cenaremos;
mientras la cena se cuece,
el Rosario rezaremos.
Cada sarta que pasaba
un ángel se iba volviendo
y la casa se ha llenado
de resplandores del cielo.
– Dime qué es esto, Señor,
que a comprenderlo no acierto.
– Son los ángeles, Antonia,
que hoy a buscarte vinieron
y con ellos Jesucristo,
hoy vestido de romero.
Al oír estas palabras
se ha arrodillado en el suelo.
– Yo no soy digna, Señor,
de que entréis ’n el mi aposento.
– Ven a mis brazos, Antonia,
que eres tú muy digna de ello.
Cuando venga mi marido,
¡ay, Señor!, ¿qué le diremos?
– Que se venga con nosotros
para la gloria del cielo.
Estando en estas palabras
un golpe a la puerta dieron.
– Dime qué es esto, mujer,
que tienes la casa ardiendo.
– No está ardiendo, mi marido,
que están los ángeles dentro
y con ellos Jesucristo,
que hoy a buscarnos vinieron
