Una hija tiene el Rey
y ésa sola la tenía,
que de plata la calzaba
y de oro la vestía
Rosarios de siete cuentas
rezaba todos los días:
uno reza a la mañana,
otro reza al mediodía,
otro rezaba a la noche,
cuando la gente dormía.
- Hoy te has de quedar
aquí
por siete años y un día.
No has de comer, ni beber,
ni hablar con cosa nacida.
Con los pájaros del monte
has de tener alegría.
Una palomita blanca
te ha de ver todos los días.
En el pico te traerá
una flor muy amarilla.
Con el olor de la flor
tu cuerpo se sostendría.
Ya se cumplieron los siete años,
mañana, el tercer día.
- Yo para ir a beber
a mi Dios ofendería,
y yo para no beber,
gran secura es la mía.
Estando en estas palabras
Vino la Virgen María:
- Bebe de esa agua, devota;
bebe, devota mía.
Mientras la niña bebía,
la Virgen la bendecía.
Mientras la Virgen velaba,
la niña se fallescía.
Cristo cortó la mortaja
y Santa Ana la cosía
para la hija del Rey,
que para el cielo camina.