Hermosa estación del Norte, qué mala suerte ha tenido; la máquina de Linares a Pepito le ha cogido. Cuando el tren iba sereno la máquina se paró, y el maquinista se apea por ver lo que allí pasó. El maquinista que vio la vía llena de sangre fue a dar parte a la estación a que viniera el alcalde. Ya viene el señor alcalde con toda la policía, ya viene el señor alcalde para registrar la vía. Se ponen a registrar con muchísimo cuidado, cuando vieron a un buen mozo con los dos brazos cortados. Le meten en la camilla, le llevan al hospital, y los médicos le dicen: -No te podemos curar. -Si no me pueden curar, que me peguen cuatro tiros, que yo no puedo vivir con los dos brazos partidos. Escribieron una carta a Villarquera, su pueblo, que venga su padre y madre a ver a su hijito enfermo. Ya viene su padre y madre, novia y demás familia, y, al llegar al hospital, estas palabras decían: -Ay, hijo de mis entrañas, ay, hijo del alma mía, quién había de decir que en el hospital morías? La novia que estaba allí, al oír esta disputa, cayó al suelo desmayada como si estaba difunta. -Adiós, padre, y adiós, madre, novia y demás familia, y adiós, hermanos queridos, que yo me quedo sin vida.
