Estando con mi rebaño
se acercó a mí un señorito,
haciéndome mil halagos
estas palabras me dijo:
-Zagalita de mi alma,
de amores muero por ti,
vente conmigo a mi casa
y serás siempre feliz.
Yo le dije al señorito:
-Muchas gracias, buen señor,
yo no desprecio mi oficio,
que soy hija de un pastor. –
Entre ovejas he nacido
y entre ellas me he criado,
y en albarcas siempre he ido,
corriendo del monte al prado.
-Ay, zagala,
en el monte nunca
estés descuidada,
no sea que algún zagal,
te dé un susto grande
que te haga llorar.
Me dio un besito de amor,
más otro le repetí.
Entonces él exclamó:
-Ahora sí que soy feliz;
te meteré en un convento,
para que aprendas a hablar
y así pasado algún tiempo,
ya nos podremos casar.
Serás servida de damas
y apreciada de mis padres
y aunque hayas sido zagala,
no lo ha de saber nadie.
