Juan y Adela se cortejaban,
y hacía cinco años que ellos se amaban.
Juan la quería, ella le amaba;
él, como era un tunante, la engañaba.
El día de su santo la regaló
un corte de vestido de gran valor.
Y por la noche que cortejaba
/a dio un collar de perlas que tanto amaba.
El domingo siguiente fue a cortejar,
pero Juan no tenía ganas de hablar.
-lQué tienes Juan, que estás tan triste?
Si es que tú no me quieres, pues me lo dices.
-Ya no te quiero, no, que quiero a otra
que mis ojos han visto, y es más hermosa.
-Márchate, Juan, tú eres mi muerte;
ya siento sudor frío sobre mi frente.
Su madrecita, la viejecita, la ha cogido en sus brazos,
y hacia la cama la llevaría.
-iQué clara está la noche, cuántas estrellas,
ábreme la ventana que quiero verlasl
-No, hija mía, no, que estás enferma,
y la luz de la noche dañarte pueda.
-Qué oscura está la noche, los rondadores
andarán de cortejo los mis amores.
-Calla, hija querida, no digas eso,
arrima a mí tu cara, te doy u n beso.
-Coge una silla, ponte a mi lado,
que antes de morir quiero darte un encargo.
Si viene Juan a verme después de muerta
no le dejes que pase desde esa puerta.
Y si pasara, y si pasara,
no le dejes que bese mi linda cara.
Vendrán todas las mozas menos Dolores
a poner en mis andas cintas y flores.
Sin ella vendrán todas al cuarto mío
a besar mi rostro pálido y frío.
Y de mortaja me eche la ropa toda,
que tenía preparada para mi boda.
Después de amortajada, aquí en mi cuarto,
quítame los corales que Juan me ha dado,
para que crea, para que crea
de que he muerto queriéndole cuando me vea.
Madre querida, de mis amores,
a mí sólo me basta que tú me llores.
Madre querida, madre, si muero,
yo sin besar tu cinta marchar no quiero.
Dices a Juan que le perdono,
que viva muchos años en matrimonio.
A las seis de la tarde se puso grave,
y al otro día siguiente ya era un cadáver
En la iglesia mayor tocan a muerto;
Juan le dice a Dolores: -Nena, lqué es esto?
-Es por Adela, tu amor primero,
es por tu amiga Adela, que ya se ha muerto.
-(Quién lo pensaba, quién lo creía,
que por mi culpa Adela se moriría?
A las tres de la tarde pasó el entierro;
Juan que estaba a la puerta, se metió dentro,
y sacando el pañuelo se arrodilló
delante de un retrato que ella le dio.
Allí lloró, allí rezó,
delante del retrato que ella le dio.
Después dejó el retrato y fue al cementerio,
y todo el camino iba llorando, iba diciendo:
-Ya no te quiero, Dolores, ya no, mi nena,
que los amores míos, fueron p'Adela.
Toda la gente marcha del cementerio.
Juan, que estaba a la puerta se metió dentro.
Sale el sepulturero compadecido,
y al ver a Juan a la puerta así le ha dicho:
-Márchate Juan, déjala muerta,
que los restos de Adela son pa la tierra.
-Adiós, mis lirios y mis cipreses;
adiós, Adela mía, adiós pa siempre.
-Adiós, mis lirios, mis azucenas,
hasta que un día, en el cielo, allí te vea.
Pide a la Virgen, Adela mía,
que me lleve a mí pronto en tu compañía.
Ya por la tarde Juan se moría;
las campanas del pueblo ya las tañían.
Mirad, mocitos, moza soltera,
quereos siempre bien, como yo a Adela.