Una joven humilde y hermosa, 
de un joven, ciega se prendó,
y decía con grande locura:
-Ha sido la causa de mi perdición.
Él la decía: -Mi prenda dorada,
yo sin ti no podía vivir,
pues prefiero mil veces la muerte
antes que algún día apartarme de ti.
Y aquella joven humilde y hermosa,
después de conseguir su ilusión,
a ella la pobre y él abandonaba,
y aquella mocita sin honra quedó.
Y sus padres al ver que enfermaba,
su padre a un médico la llevó.
Y el médico a su padre le dice
que estaba en estado y enferma de amor.
Desde entonces, sus padres
la tratan con desprecio, con odio y rencor,
porque dice que fue la deshonra
de la casa humilde del trabajador.
Así fueron pasando los días,
de martirio, de pena y dolor,
hasta que una noche muy silenciosa,
y aquella mocita una niña a luz dio.
Y su padre la echaron de casa,
y aquella mocita sin honra quedó.
Fue caminando por montes y caminos,
hasta que por fin llegó a la
puerta del traidor,
y llamando a la puerta del malvado
y una perra gorda a la pobre la dio.
-Caballero, no pido limosna,
lo que le pido a usted es, por favor,
que me escuche estas pocas palabras
que voy a decirle, le pido por Dios.
-Esta niña que traigo en los brazos
-ella le replicó con desdén-,
pues sabrás que ha venido a este mundo,
y está en este mundo, que es tuya también.
-A ti, chica, yo no te conozco,
ni tampoco sé quién eres tú,
pues sabrás que me voy a casar
con otra más rica y más guapa que tú.
Y la joven, muy enfurecida,
a su hijita en el suelo posó,
y sacando un puñal de dos filos,
a aquel pobre hombre la muerte le dio.
-A la justicia les pido señores,
lo que les pido a usted, por favor,
que me cuiden a esta hija querida,
que no tuvo la culpa de lo que hice yo.