Ya venimos de la guerra de África,
porque todo lo vence el amor;
vengo en busca de una rosa blanca,
que me tiene robado el amor.
-Al partir a la guerra, Rosina,
me jurastes que no me olvidabas,
y ahora vengo a casarme contigo,
y me encuentro que ya estás casada.
-Casadina, casadina estoy,
a la fuerza me hicieron vencer;
me he casado a la flor de mi vida,
con u n hombre que yo nunca amé.
-Dame un beso, Rosina encarnada,
dame un beso d'esos de tu amor,
que, aunque en tu pecho goce otro hombre,
en tus labios quiero tocar yo.
-Ese beso de amor que me pides,
hoy yo nunca te le puedo dar,
pues ya sabes que estoy casadina,
y sólo a un hombre se lo debo dar.
-Ese beso de amor que me niegas,
ahora y nunca me lo has de negar
y, si no, con mi mano derecha,
en tu pecho clavaré un puñal.
-Si es que traes un puñal de dos filos,
y la muerte me vienes a dar,
matarás a una fiel criatura,
que inocente de todo esto está.
-Yo no mato a esa fiel criatura,
que es un ángel que vela inocente,
cuando nazca y en el mundo exista
a ti sola te daré la muerte.
Y a los quince días ya fue madre
de un niña más bella qu'el sol,
y de nombre la pusieron Rosa,
porque así su madre lo mandó.
A los quince días salió a misa,
y en la plaza mayor la encontró.
-Buenos días, Rosina encarnada,
ahora vengo a lograr mi intención.
-No me mates, por Dios, no me mates,
qu'ese beso yo te le daré;
no me mates, por Dios, no me mates,
qu'ese beso yo te le daré.
-Ya no quiero besos de ninguna,
lo que quiero es lograr mi intención;
y, sacando un puñal de dos filos,
en el pecho fue y se lo clavó.
-Si mi pobre marido supiera
que 19 muerte me vienes a dar,
mira, chico, que vas a la cárcel,
la pareja ya viene detrás.
A los pocos momentos del crimen,
su marido venía implorando:
-Dime, dime, Rosina encarnada,
dime, dime, quién te ha matado.
-Aquel hombre que yo más quería,
y aquel hombre que yo le juré
que con ninguno me casaría,
mientras que en el mundo existiera él.