Y en una espesa montaña,
a luz al mundo
mi madre me dio.
Apenas fui grandecito
y un moro maldito
y a mí me robó.
Pero desde entonces la suerte
fue protegida en mi ser
que una hija que tenía
me la entregó por mujer,
y era una hermosa judía.
Por más que feliz
ha llegado a ser
lloro por mi madre
que más no la vuelvo a ver.
No conocí la alegría
ni fiesta de Navidad
ni el beso de cada día
que una madre siempre da,
porque no tengo apellidos,
me señalan con el dedo.
Sólo mi delito ha sido
el de ser un inclusero.
Eran copitas de nieve,
los que del cielo caían,
soñé que una madre buena
en sus brazos me dormía.
Pero cuando desperté
un rosario florecía
y una monjita ponía
su crucifijo en mi sien.
Yo no he tenido la culpa
de venir al mundo así,
yo a nadie culpo de nada,
con mi suerte soy feliz.
Monjita de toca blanca,
que amparáis todos los males,
sois el pan de cada día
para los niños sin madre.