Gracias a Dios que ya viene
ese señor sacerdote,
el que la misa nos dice
a las doce de la noche.
Tomemos agua bendita
que nos sirva de escalera
para subir a los cielos
a ver la sagrada Reina.
Nos santiguamos todos,
la Trinidad invocando,
en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo.
Apártense los señores,
déjennos paso y entrada,
que vamos a visitar
a María Inmaculada,
y a darla los buenos días,
que habrá venido cansada,
que ha sido largo el camino,
cinco días de jornada.
Camina la Virgen pura
con su esposo y dueño amado
hasta llegar a Belén
el día de veinticuatro.
El día de diecinueve,
según la historia lo expresa,
salieron de Nazaret
dejando casa y pobreza,
hasta llegar a Belén
que es una ciudad muy bella,
donde los ángeles cantan
y el Niño de Dios se alegra.
Fue San José a la ciudad
Y a la ciudad dio la vuelta
y entre amigos y parientes
la posada se la niegan.
Se vuelve para su esposa,
le dice de esta manera,:
-"Sabrás, esposa del alma,
que posada no se encuentra".
Y la Virgen le responde:
-" Por eso no tengas pena,
que aquí ha de haber un portal
por no estar a la clemencia".
Se acercaron al portal,
aunque sin luces de cera,
fueron tantos los divinos
que a todos les dieron cuenta.
Determinan de cenar
de aquella vianda y pobreza,
que es pan y un poco pescado,
que se gastaba en la tierra.
Y después de haber cenado
a Dios las gracias le dieron,
y en medio de esas razones
las doce en punto ya dieron,
cuando la Virgen María,
aquella sagrada reina,
dio a luz un hermoso niño,
rey de los cielos y tierra.
Consideren los oyentes
la pobreza de María
que ni unos tristes pañales
tan siquiera no tenía.
Aquella humilde señora
su misma toca partía
para envolver al infante
que de oro parecía.
Ya bajaron los pastores
de todas las comarquías
a ofrecerla ciertos dones
y hasta traerla mantillas.
Las doncellas que habitaban
en tan altas serranías
determinan de bajar
a ver la Virgen María:
-" Aquí tienes, Virgen santa,
estas preciosas alhajas
para que hagas a tu hijo
unas muy lucidas fajas".
Apártense los señores,
si se quieren apartar,
que va el ramo con sus flores
a las gradas del altar.
Levántate mayordoma
con mucha serenidad
y de parte de las mozas
lleva ese ramo al altar.
Las manzanas que traemos
en este lucido ramo
son para don Emiliano
que dice Misa de Gallo.
El que la misa nos dijo
con toditos sus modales,
un ángel nos pareció
de los cielos celestiales.
El que la misa nos dijo
a las doce de la noche
nos pareció que era un ángel
y era el señor sacerdote.
Quédate con Dios, María,
la del rostro cristalino,
échanos la bendición
que nos vamos de camino.
Quédate con Dios, María,
esposa de San José,
que hasta la misa del día
no te volvemos a ver.