Yo me quería casar
con un mocito barbero,
y mis padres me querían
monjita de monasterio.

Una tarde de verano
me sacaron de paseo,
y al revolver una esquina
había un convento abierto.

Salieron todas las monjas
todas vestidas de negro,
con su velita en la mano
que parecía un entierro.

Me cogieron de la mano
y me metieron adentro;
me sentaron en la silla
y me cortaron el pelo.

Zarcillitos de mi oreja
anillitos de mis dedos;
lo que más sentía
yo era mi mata de pelo.

Me metieron en la caja
como si me hubiera muerto.
Me encendieron cuatro velas
y me rezaron el Credo.