La cigueña -La música de Clotaldo

Su llegada al nido que tiene en la Catedral, y de la
conversación que sostuvo con el Obispo San Froilán.

—Felices señor Obispo.
— ¡Porra conque ya de vuelta!
cuanto me alegro de verte.
¡Caracoles, y estás buena!
se conoce que machacas
el ajo con gran frecuencia.
Estás gorda!
—Diré á usía;
sino gorda satisfecha.
—Pues mira, no te esperaba
casi hasta la Primavera.
—Su ilustrísima perdone
si le digo que esta tierra
constituye de mi vida
una página tan bella,
que si no miro su cielo
sus jardines, sus veredas,
lo espacioso de sus calles
y el lodo de sus aceras,
como la flor que on el soto
los cierzos de Octubre dejan
sin jugo, yo moriría;
y si me muero
—Te entierran
casualmente hoy ya tenemos
‘Funeraria. Pero expresas
tu cariño hacia León
de tan extraña manera,
de un modo tan entusiasta,
que estupefacto me dejas.
¿Por qué le amas?
—Porque tengo
amor a las cosas viejas;
y porque al fin se parece
á este nido que mi abuela
fabricó.
—Pobre señora;
—Era la mejor cigüeña
que se ha visto por los aires.
—¿De qué murió?
—De viruelas.
Aun recuerdo la palabras
que dijo al morir.
—Pues cuenta;
que así el rato pasaremos
si es que a t i no te molesta.
—Era una noche de Marzo;
Silbaba el viento con fuerza
casi haciendo estremecer
las bóvedas de esta Iglesia,
cuando llamándome a sí
con voz doliente de enferma,
después de un largo suspiro,
me dijo de esta manera.
Gracias debes dar a Dios
cariñosísima nieta
al regalarte hospedaje
en esta ciudad tan tétrica,
de haber nacido zancuda
y no persona correcta.
Porque al fin tu con las alas
puedes surcar esa esfera
y admirar el sol naciente
desde el alto de una peña,
ó desde las blancas torres
de Trobajo ó de Vilecha.
Tu no cruzas por las calles
y asi no te ves expuesta
a romperte alguna pata
en las quebradas aceras,
ni á sufrir los canalones
cuando el chaparrón arrecia.

Tu hija mía no percibes
en retirada calleja
ese balsámico aroma
más malo que una epidemia,
ni la agonizante luz
te alumbra de tal manera
que no sabes si el pié pones
en los charcos o en las piedras,
o si caminas de frente
o vas tirando a la izquierda.

Tu hija mía no te expones •
a que una homicida teja
te doble el ala de nieve
o te parta la cabeza.

Ave naciste, hija mía
y esa es tu mayor riqueza,
si persona te miraras
y en este pueblo vivieras
tal vez te consumiría
en doce horas la tristeza…

A si dijo, y aleteando
cayó en este nido muerta.
—Tu abuelita fué muy sabia!
—No señor, fué sabia y media;
por eso si amo a este pueblo,
ser persona no quisiera;
y si gusta su ilustrísima
durmamos que la hora llega
y ya cantan los serenos
y está la noche algo fresca,
metió el pico bajo el ala;
quedó en una pata, y tiesa
como estatua de granito
vió el Obispo á la cigüeña.