Bañada está la prisión

Bañada está la prisión  con lágrimas que derrama
aquel Señor soberano asomado a una ventana.
Con lagrimas y suspiros así dice estas palabras:
¡Cristiano, cuánto me cuestas, hombre, y qué mal me pagas!
¿Alma, qué quieres de mí?, mira, que es que vas errada.
Vedme aquí, estoy escupido de aquellas bocas malvadas;
vedme aquí, estoy azotado de aquellas manos ingratas;
aquí estoy como un esclavo y a aqueste balcón me sacan
por ver si esta gente hebrea se adolece de sus llagas.
Antes dicen: «Muera, muera, crucificadle, que aguarda».
Y entonces el presidente, que era el que más acusaba,
mandó que allí le trajese, un paje que está de guardia,
para lavarse las manos una bacía con agua,
pretendiendo con esto su conciencia descargara,
y aquella única sentencia que por miedo promulgaba.
Y sentándose en su trono pronunció sentencia clara:
«Muera Jesús Nazareno, pues todo el mundo la clama,
que hijo de Dios se hace convencer de sus malhayas,
siendo un alborotador por las calles y las plazas,
como os dirá el pregón cuando por las calles vayas.
Ya está todo prevenido, prevénganse las escuadras,
pónganse de punta en blanco y, ¡alerta!, no se nos vaya.»
Y al estar to` los soldados, todos con espada y lanza:
«¡Alarma, alarma, la guerra!.» Y con cruz enarbolada
sale este señor
sus ojos hechos dos fuentes y su túnica ensangrentada.
Sangrienta barba y cabellos salió esta luz soberana,
descalzo de pie y pierna dos ladrones por compaña;
seis verdugos van delante y otros seis de retaguardia,
también iba el pregonero predicando en voces altas.
A tenor de la sentencia, como queda declarada,
iba con la cruz a cuestas el Redentor de las almas,
fallecido y sin aliento lleno de mortales ansias.
Y porque llegase vivo a un cirineo alquilaban.
Con el peso de las culpas que en esta cruz se equilibraban,
el cuerpo, las rodillas se le traban,
y con la cruz en el suelo tanto por su boca sangra,
en besar la tierra

AUDIO VALVERDE-ENRIQUE