Estaba la Catalina
sentadita en su balcón,
bordando medias de oro,
zapatitos de charol;
ha pasado un caballero,
de ella se enamoró.
– Durmiera contigo, luna,
durmiera contigo, sol,
aunque fuera una noche
y si quiere también dos.
– Suba, suba, caballero,
que cama le daré yo;
mi marido está de caza
por los montes de León,
y para que más no vuelva
le echaré una maldición:
que se caiga del caballo
y se parta el corazón.
Al decir estas palabras
el su marido llegó:
– Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, sol.
– Se me han perdido las llaves
de mi lindo cenador.
– Si las teníais de plata,
de oro las traigo yo.
¿De quién es aquel caballo
que en la cuadra relinchó?
– Tuyo es, marido mío,
que mi padre te lo dio.
– Dios se lo pague a tu padre,
caballos tenía yo;
cuando yo no los tenía,
él no me los daba, no.
¿De quién es aquella capa
que colgada veo yo?
– Tuya es, marido mío,
que mi padre te la dio.
– Dios se lo pague a tu padre,
que capas tenía yo;
cuando yo no las tenía,
él no me las daba, no.
¿Quién es aquel caballero
que en la cama veo yo?
– Mátame, marido mío,
que la culpa tengo yo.
Le dio cuatro puñaladas
y a la quinta la mató
