El traidor era Marquitos,
todos le llaman traidor,
por dormir con su señora
ha matado a su señor.
– ¡Abre puertas, Catalina,
ábrelas, mi lindo amor!
– No te las abriré, Marcos,
no está en casa mi señor.
– Tu señor quedaba preso
’n esa ciudad de Aragón;
vengo en busca de dinero
pa’ deshacer la prisión.
Catalina, como diestra,
sus puertas trancó mejor;
Marquitos, como valiente,
al suelo se las tiró.
Siete vueltas dio al palacio,
con Catalina no halló;
de las siete pa’ las ocho
a Catalina encontró,
la viera estar llorando
debajo de un escalón.
– ¿Por qué lloras, Catalina,
por qué lloras, lindo amor?
– Lloro por el mi marido,
que me lo matasteis vos.
– Y si lloras, Catalina,
también vos mataré a vos.
Siete camisas que tengo,
yo te daré la mejor;
siete vestidos que tengo,
yo te daré el mejor.
Le mandara hacer la cena,
ya se la hizo y cenó;
le mandara hacer la cama
y con ella se acostó.
S’otro día a la mañana
Catalina madrugó:
– Subiráste ’n aquel alto,
’n aquel alto corredor,
y verás a tus criados
si trabajaban o no,
y verás a la paloma
cómo llama al perdigón,
y verás a la truchita
cómo llamaba al salmón.
Catalina, como diestra,
a la mar honda lo tiró;
Marquitos, como valiente,
de los remos se agarró;
Catalina, como diestra,
ya los remos le cortó.
A eso de los nueve meses
ya Catalina parió;
pensó de traer hij’hembra
y trajo un hijo varón;
llamara curas y frailes,
un gran bautizo le hizo.
S’otro día a la mañana
subió al alto corredor,
allí cogiera a su niño,
a la mar honda lo tiró.
– Allí vayas tú, mi hijo,
vayas con mi bendición;
no quiero que quede casta
d’ aquel gran falso traidor