| En la ciudad de Madrid residía un caballero con su mujer y sus hijos, más preciosos que el sol mesmo. Tentóle un día Judas salir de su casa al juego; y a la vuelta de una esquina, una mujer al encuentro: ¿Dónde vas, lindo don Juan, con tus lindos pensamientos?, que tu mujer y tus hijos te están armando un unterio. No lo creo yo, señora, que mi mujer haga eso. Créelo, lindo don Juan, llévalo en el pensamiento; para darte de beber, tiene un vaso de veneno. Marchó de allí don Juan, muy furioso y muy soberbio; halló las puertas cerradas, de un credo las echó al suelo. Salió la doña María, le echó los brazos al cuello. Ven aquí, perra traidora, que yo matarte pretendo. Don Juan, si me has de matar, busca un confesor primero. ¿Cómo lo he de buscar yo, si eso no tiene remedio?. Los curas no están en casa, los frailes están durmiendo, las monjas de Santa Clara no se ven por el convento. Ahora deja despedirme de estos mis hijos primero. Hijos, tu padre me mata, yo la culpa no la tengo. Una niña de cinco años le daba buenos consejos: Madre, si mueres con culpa, vas a arder a los infiernos; madre, si mueres sin ella, irás derechita al cielo. Y la madre, que ha tomado de su niña estos consejos, comenzó a sacar basquiñas, casacas de terciopelo, los uncos de sus orejas, los anillos de sus dedos y una vuelta de corales los esparció por el suelo. Mira aquí, lindo don Juan, todo mi cuerpo te entrego; no te entregaré yo el alma, que esa es del Manso Cordero. Le pegó tres puñaladas, de la menor quedó en suelo. Y acordóse que tenía tres infantines pequeños: los ató y los degolló como corderines tiernos. Otro día por la mañana, vecinos andan diciendo que las puertas de don Juan todavía no se han abierto; o todos estaban malos o todos estaban muertos. Entran por una ventana a registrar aposentos, y en la sala principal estaban los cuerpos muertos, y era la doña María con sus hijines pequeños. Dispusieron de enterrarlos, el mayor cuerpo el primero, y a la puerta de la iglesia la difunta iba diciendo: ¿Dónde vas, lindo don Juan, dónde vas que no te veo?. Esta muerte te perdono por lo mucho que te quiero; no se la perdono yo a aquel que me armó el ulterio. ¿Quién vuelve por los mis hijos?. Vuelve su querido abuelo. ¿Qué hacéis aquí los mis hijos, qué hacéis aquí los mis nietos?. Abuelo, estamos aquí, n`esta sala de tablero; y aquí vino una señora con un infantín pequeño; y nos lavó las heridas con sus cristalines dedos, y nos dijo que mi madre estaba en el santo cielo y nos dijo que mi padre iba a arder en los infiernos. ¡Válgame la Magdalena, válgame el señor San Pedro!. |
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