Una triste zagaleja
que anda por el monte sola,
al pie de una peña oscura
se ha sentado una mañana
con el rosario en la mano,
según ella acostumbraba.

Ella, que estaba rezando
vio venir una borrasca,
y en la borrasca venían
tres hermosísimas damas.

Una de verde venía,
y las dos de azul estaban.
—Buenos días, zagaleja.
—Bienvenida, madre santa.
—Pues tú niña, me conoces
que con tanto agrado me hablas.
—Sí señora, la conozco
que es usted la que me ampara.
, —Hoy te has de venir conmigo
á la celestial morada.
—Eso si que no, Señora,
dónde dejaré mis cabras?
--Déjalas en el sendero,
que ellas solas van a casa.

Y a viene l a noche oscura,
y él padre afligido estaba,
se arrodilla a un Crucifijo,
que dentro tiene en sus alas,
y le pide con fervor,
donde estarán sus cabras.

—No te aflijas n i te asustes
que en el corral encerradas,
y la zagaleja está
en la celestial morada