En un pueblo del Curueño
cuyo nombre no hace al caso,
dos pastores sé juntaron;
el uno ya era de tiempo
por supuesto había guardado
entre unos lugares y otros
diez y ocho años ganado,
Vestía calzones cortos
y un chaleco destazado,
cinto de cuero curtido
con dos garfios abrochado,
y un corbatín al pescuezo,
y ala de sombrero usado;
pendiente de una correa
que lleva debajo el brazo,
un zurrón que contenía
por lo menos estos trastos:
Un caldero, porque sí,
un odre porque si acaso,
un collar y dos cencerros
una montera y un vaso,
una lengua y dos cucharas,
un tornillo y dos badajos.
Este se llamaba, Andrés,
por supuesto era casado.
Todo lo qué Andrés tenía
de taciturno y callado,
otro tanto de jovial
se hallaba en aquel muchacho.
Estando éste mozalbete
pintándose su porraco,
habló con Andrés y dijo:
—¿Tú cómo piensas este año
como piensas ajustarte
a dinero o pan pesado?
Apenas lo entendió Andrés
cuando contestó enfadado:
—Tu pregunta no se hace
a un pastor tan veterano
dónde me muerde el zapato.
Allá en los tiempos antiguos,
allá en los tiempos pasados
cuando entre quince pastores
no valían ni un cuarto,
ninguno de ellos sabía
ajustarse a pan pesado,
así, ellos se enriquecían
así se vieron medrados,
que si quitas a Jacobo,
Abraham y otros tres o cuatro
los demás todos murieron
pidiendo y sin un cuarto.
Yo gano diez y ocho duros
y en que diga veinticuatro
no miento nada, pues,
la condición he sacado
que he de traerme de leña
de cuatro pa cinco carros,
que no he de labrar la tierra
que no he de regar los prados,
a mas tres libras de pan
eso siempre bien pesado.
Luego sé ordeñar las cabras
desde que principia Marzo,
y luego ya queda libre
la mitad de pan pesado.
Y las tortas, cuando amasan,
y el vaso de vino blanco,
y la morcilla en invierno
y los titos, en verano.
—Esa misma cuenta, yo,
la eché ya, dijo Pablo,
y me salió tan torcida
como lo está este porraco.
Yo me levantaba siempre
antes de cantar los gallos,
yo tocaba la campana,
yo les llamaba al Calvario
yo les picaba la leña,
yo les arrimaba el caldo,
yo les mesaba la yerba
y les barría el establo.
Yo en él monte hacía escobas
pa regalar a los amos,
pues si quería comer
era mi pan bien pesado,
que tan sólo una mañana
comí dos guijos asados
y como estaban tan duros
se quedaron entrampados
de tal modo en la garganta
que yo me di por ahogado.
Como el amo era muy bueno
con un aguzo muy corvo
me los metió para abajo.
Yo para ordeñar las cabras
no aguardé como tú a Marzo„
pues en el mes de Febrero
las andaba jateando,
y nunca pude sacar
la barriga de mal año.
Un día que mamé yo
una cabra del tío Pacho,
me dio tan fuerte entripado
que en tres días no dejé
los calzones de la mano.
Un día que estaba yo
con la montera en la mano
tirando por un cabra,
llegó un demonio de un macha
y sin decir agua vá
me pegó tal testerazo
que me hizo escupir tres dientes
y otros dos están bailando.
Otro día que había yo
adjuntado mi ganado,
era por cierto u seguro
el veinticuatro de Marzo,
apenas saqué la cuerna
llegó uno de los amos
y con un palo de roble
me dio tantos estacazos
que te digo, amigo Andrés,
que con los que me sobraron
tenías, tú para tí
para divertirte un rato.
Ahora dime, amigo Andrés,
tú que te tiras de majo ,
qué demonio saqué yo
de ajustarme a pan pesado.
Perdí el frío que pasé
por subir al campanario,
perdí lo que me ensucié
por limpiarles el establo,
y también por ensuciarme
por pelar y rallar nabos,
sólo lo que no perdí,
amigo, fueron los palos
que con tan fuertes ahíncos
me sacudió el tío Pacho