En Val de San Lorenzo, la Navidad no era solo una fecha en el calendario: era una fiesta vivida con alma, con costumbres que hoy parecen sacadas de un cuento. Los pastores del pueblo llevaban una borrega en un carrico hasta el retablo de San Antonio, como ofrenda simbólica. La borrega iba adornada, y al llegar al altar, la levantaban por las lanas y empezaba a berrear, como si saludara al santo.
Entonces se escuchaba:
San Antonico bendito,
que estás en ese retablo,
con los ojicos abiertos,
a ver si vos traen algo.
Vos traen una borrega,
¡vela, que viene berreando!
Uno de los momentos más esperados era la misa del gallo.
Entraba uno con una vejiga atada a un palo. Al cruzar la puerta, le daba con la vejiga, haciendo ruido para anunciar su llegada. Y entonces decía:
Apártense las señoras:
dejen el camino ancho
que traigo las patas tuertas
necesito mucho campo
después cantábamos los Villancicos:
Adiós dulce niño
Adiós dulce niño, Adiós tierno Infante, Adiós dulce amante, adiós, adiós, adiós… No sé, niño hermoso, lo que he visto en ti, que no sé qué tengo, desde que te vi. Esa tu hermosura, ese tu candor, el alma me roba, me roba el amor
Viva Jesús mi amor, viva mi Salvador (Villancico)
¡Viva, viva, Jesús mi amor!
¡Viva, viva mi Salvador!
Eres en el pesebre
más valiente que el sol,
y más lindo y alegre
que el más bello árbol.
A tus niños queridos
da cordura y virtud,
y serán parecidos
a mi hermano Jesús.
¡Viva, viva, Jesús mi amor!
¡Viva, viva mi Salvador!
Que tu luz nos alumbre
con eterno resplandor,
y tu paz nos envuelva
con divino fervor.







